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Fuera de la grey

Javier Krahe

anobahidalgo 563 Javier Krahe Fuera de la grey

El Señor no es mi pastor,

yo no soy un borrego.

Me alejé de toda fe,

¿sabéis por qué?

por ser un mujeriego.


Esta erótica tendencia
se plantó en mi adolescencia

frente a las tablas de la ley,
dije adiós a las cartujas
y ¡ole! al vuelo de las brujas

y ya era un fuera de la grey.

Todo esto fue en mi mente
pues mi cuerpo adolescente

no conoció de la mujer
más que mi propio deseo
y no entró en un gineceo

como quien dice hasta anteayer.


Si el amor carnal de hecho

me dejó algo insatisfecho

porque quería más y más,

el de la causa incausada,

el de Dios, pasó a la nada

y allí está con Santo Tomás.


Esa hostil mitología
tuvo a ratos poesía,

no muchos, pero alguno sí,

el resto historia sangrada,
sangre y sangre consagrada

al Dios feroz del Sinaí.

Eso de que una plebeya
fuera a mis ojos más bella

que el celosísimo Jehová

o eso de que las mujeres
se te acaban cuando mueres

no me llevó a cambiarme a Alá,


ni tampoco a hincarle el diente

-me sentía inapetente-

a Brahma, a Shiva y a Vishnú,

ni deseaba el Nirvana

ni la pradera lozana

del simpático Manitú.


Cuando a Dios le dije adiós

me quedé tan tranquilo.

Me aleje de toda fe

¿sabéis por qué?

porque no era mi estilo.

Desafinan al oído
de este viejo forajido

desde la viña del Señor

los balidos del rebaño

tenebrosos como antaño

y sin sentido del amor.

Dicen que les he hecho pupa,
que su mosqueo es de aúpa

y vale tropecientasmil,

si hasta un dios inexistente

juzgaría improcedente

cerrar un trato mercantil.


Como dijo aquel Maestro

que enseñaba el Padrenuestro

sobre la ofensa y el perdón,

el perdón es preceptivo

aunque el ofensor sea un divo

y el ofendido la Legión.


Menos mal que la justicia
terrenal en mi malicia

no ha visto más que buena fe
y al pensamiento ilustrado
no lo quiere amedrentado

no me ha arreado un puntapié.

Tras pasar por un mal trago
yo enseguida me rehago

con rico zumo de la vid

y aunque de aquí no iré al cielo

piso alegremente el suelo

callejeando por Madrid.


Si tú, inquisidor moderno,

crees en un Padre eterno

ante el que humillas la testuz,

yo, insistiendo en mi rechazo,

con mis amores del brazo

voy por mi calle de la Cruz.


Ya me voy, basta por hoy,

guardo mi tirachinas.

Me alejé de toda fe

¿sabéis por qué?

porque ese Dios es un pamplinas.

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