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La viejecita de Mozambique

Carlos Mejía Godoy

Victoria 1,534 Carlos Mejía Godoy La viejecita de Mozambique
-


Yo soy Victoriano, trotamundo vasco,

llegué a Mozambique buscando una flor,

al caer la tarde detuve el camino,

con chapela vasca y con mi acordeón.


En la misma puerta de aquella hostería

una viejecita me identificó:

“¡los siete puñales de Santa María!

¡Usted es de España, lo mismo que yo!


En tus ojos claros de almendro florido

veo la Cibeles, manantial de amor,

y en tu risa alegre, loca algarabía,

la gente que corre en la plaza mayor”.


Y yo, Victoriano, trotamundo vasco,

sorbía una copa de añejo jerez,

un llanto cuajado de melancolía

surcó la mejilla de aquella mujer.


“Cuéntame de España, ‘mutil’ aguerrido,

¿qué es de tu Bilbao? ¿qué es de mi Madrid?

Yo vine a esta tierra hace ya tantos años,

me empujó a esta suerte la guerra civil.


Dime si aún alumbran los viejos faroles

en la Cava Baja del Madrid de ayer,

¿todavía fluyen las aguas humildes

en el Manzanares que me vio nacer?



Si algún día vuelves por esos caminos,

un favor del alma te quiero pedir:


tráeme un puñado de esa santa tierra,

que quiero besarla para bien morir”.



- Quiero decirles, amigos míos,
que al volver a la patria tomé
un puñado de tierra española
para llevarlo a la viejecita de Mozambique.


Yo soy Victoriano, trotamundo vasco,

volví a Mozambique buscando una flor,

al caer la tarde detuve el camino,

con chapela vasca y con mi acordeón.


Lo que contemplaron mis ojos absortos

no cabe en los versos, ni en una canción:

yacía postrada, gravemente enferma,

la viejita al punto me reconoció.


Sin decirme entonces ni media palabra,

bajo la luz tenue de un viejo quinqué,

tomó aquel puñado de tierra española

que mientras besaba musitó a la vez:


“Gracias, joven vasco, que Dios te bendiga,

ahora me muero dichosa y en paz,

porque he comulgado con la tierra mía,

pensando en mi pueblo y en su libertad”.



- Quiero decirles amigos míos,
que yo me alejé llorando con mi chapela
vasca y mi acordeón peregrino,
y un solo pensamiento taladró mis sentidos:
que tan importante es aquel que muere
con un fusil en la mano defendiendo
la libertad de su tierra,
como el que muere en el exilio,
soñando volver a ella-.




* Trancripción realizada en colaboración con Abel M. Ortega

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